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 Solté la soga. Esa misma que estaba aferrada a una piedra gigante que nacía desde lo profundo. A mis manos le costaban desprenderse, parte del hilo se había adherido a las venas, alterandome el ritmo cardíaco, haciendome vivir siempre a un ritmo mayor del día anterior.

Dejé de escalar las montañas, creo que ya es tiempo de disfrutar el paisaje. Parte del sacrificio del no parar, es la esperanza de algun día sentarse a ver el sol. Sin tiempos, sin relojes de arena. 

Cada minuto que me la pasé corriendo es un minuto menos en el que no me escuché. Toca hacerlo.

Y en ese bullicio de los días caóticos de ruidos fuertes y personas sobrepasando personas, yo visito ese caos cada tanto, como para no comenzar a romantizar la soga que solté. Una pierde perspectiva cuando empieza a saltar entre las nubes.

Ahora, desde la altura de saber que todo tuvo un sentido, solo opto por sentarme. Por escuchar, por callar también cuando lo amerita. Por sacarme ese chaleco antibalas y el filo a mis uñas. 

Los árboles bailan con el viento y yo bailo con esa versión mia anterior, para animarla y decirle, que todo eso va a pasar.

La preocupación y la intranquilidad, moneda oficial de ese entonces, ya no forman parte de las elecciones inconscientes. Ese minuto de parar, que tan caro está, termina costandote la vida.

Me senté a dejar que los rayos del sol me quemen sabiendo que hace mucho no me permitía sentir esa sensación. Sólo había tiempo para no tener tiempo.


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