Desidia

   El teléfono sonaba desesperadamente. Del otro lado, el tono daba sus últimos latidos antes del desenlace final. 
   En la era de la inmediatez, toda espera injustificada, no es más que un rechazo tácito. Y quien lo llevaba a cabo, yacía sentado enfrente al aparato, como quien ve morir a un ser humano lentamente. Lidiando con la certeza de que su acción es la más atinente para acabar con el flagelo eterno de un sufrimiento implantado.
   Al fin y al cabo, todos tenemos tiempo para lo que realmente nos importa. Para el resto, solo nos quedan un par de excusas baratas y como en este caso, el verdugo silencio.
   Nunca pudieron decirse lo que realmente pensaban. El aparato solo recibía reclamos o pedidos. Para lo demás, gritaba para ser escuchado, obteniendo una mísera mirada a lo lejos.
   Nada era suficiente, y pretendía continuar de esa manera, hasta que el otro se cansase de llamar, y sea una excusa perfecta para no volver a llamarlo nunca.
  Todo es una cuestión de percepción, no de verdades absolutas.
  No obstante, tanto el receptor como el emisario, contaban con el mismo punto de vista y casi el mismo orgullo. De vez en cuando, alguno de los dos cedía para complacer al otro y asi plantar una banderita blanca que pudiese pacificar lo complicado de los vínculos.
   Todo es temporal. Nada es seguro.
   Saltamos escalón a escalón hasta llegar a la meta, que sólo es producto de las decisiones que tomamos en el pasado. 
   Ellos, habían decidido llegar a la desidia emocional con la idea de que ya era demasiado tarde para arreglar lo que ya estaba roto. No había tiempo ni siquiera para atender un llamado que era crucial, en donde se definía la vida o la muerte.
   
  JAZMÍN ORTEGA EDELWEIS

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