Cuando llega la hora de la verdad, se requiere valentía para hacerle frente. De otra forma, los pies se vuelven cemento y uno se termina convirtiendo en un mártir del pasado.
Cuando lo miró a los ojos, supo que de nada valía esconderse, y que la vergüenza, la debía llevar quien causaba el hecho atroz y no su víctima.
A diferencia de lo que le sucedía meses atrás, podía acercarse al relato de tal manera, que los detalles puntillozos estaban de más.
Bastaba con decir, que en el presente se siente mejor.
Y es que uno sin pensarlo, pierde la visión de todo tipo de perspectiva y sucumbe en los dichos de alguien más que solo tiene como objetivo que cedas ante su prisión de cristal.
Que uno mismo, abra solo la puertita y luego de darle dos vueltas de llave, se la entregue para que vuelva a abrirla cuando él guste, dejando a su criterio la determinación y el momento.
El ruido había implosionado, dejando al silencio en su lugar. Para la calma, hace falta siempre que le preceda el caos.
Cuando lo miró, entendió que merecía saber el por qué de su actitud impulsiva y tajante. Pero más allá de todo, lo hizo para que alguien más sepa que el rosa a veces es un color traicionero, que solo deja ver su verdadera esencia, cuando ya estamos demasiado cerca como para darnos cuenta de la diferencia y tomar una vía fácil.
Se sintió bien por contarle las razones. Por unirse a la naturaleza, para que la empape con la belleza de saberse insignificante y a su vez, poderosa.
Que la multiplicidad de colores le gane al gris de los amargos sucesos. Que nadie, al igual que ella, tenga un orgullo tal que no se permita sentirse vulnerable.
Porque en la vulnerabilidad que ocasionan las consecuencias de decisiones y personas erradas, nuestra alma arde hasta hacerse ceniza, para tiempo después renacer.
JAZMÍN ORTEGA EDELWEIS
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