Llovió, un día
como hoy, y se animó a saltar sobre los charcos. Caminó por las callecitas que
simulaban ser una mini ciudad, y observó cada casa que dejaba atrás con su paso
certero. Dentro de un pequeño quincho con techo de paja, respondió que sí a un
presente distinto y se entregó con la consciencia absoluta de que, de allí en más,
no todo dependía de ella.
Un día como hoy, se
dejó guiar por la multitud de mariposas que se escondían en los arbustos y vio
a la lluvia como esperanza, quitándole a tal acontecimiento natural, la etiqueta de ser un paisaje desalentador y negativo. No creo, a pesar de todo, que se haya equivocado en
hacerlo.
A partir de ese momento, las mariposas la
hicieron volar por los aires y en la cúspide de la primavera, cuando los colores se adueñaban de su cuerpo, la soltaron para estrellarse en el suelo.
Nada podría cambiar el destino, como si
fuese una especie de profecía auto cumplida. Escribió en un diario, tiempo después, las noticias del día para que, en un futuro, pudiese asimilar la realidad que
transitaba desde una perspectiva cuasi ajena.
Un día como hoy, conoció el arcoíris que dejaría
una marca en el cielo como recordatorio de que nada es permanente en esta vida,
salvo la memoria. Abrazó a aquellas mariposas hasta que las mismas se asfixiaron
y varias de ellas murieron. No pudo hacer nada más que enterrarlas en un hueco
del jardín, esperando odiar aquella bruma que las habían acercado a ella.
No hay tragedia más común que ver a las
mariposas transitar su vida con tanta ligereza, que mueren de manera brutal
cuando ni ellas esperaban tal suceso. No se pueden preservar a las mariposas en
un frasco en la desesperación de volverlas inmortales, porque no tendrán otra vía más que acelerar el fatídico final de
apagar su único propósito en esta vida: otorgar belleza y color a este mundo
gris.
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