Los momentos felices arden en la salamandra y todo se
convierte en polvo. El amor que me dio se desintegra como ya lo había hecho
tiempo atrás en su mirada. No miro más la luna para no pensar en nada más que en este día que tengo por delante.
Limpié cada
rincón y discutí con mi mente que me hacía pensarlo con nostalgia. Me quedé en
absoluto silencio observando como cada parte de mi intentaba recomponerse.
Todos estos
días fui una con el polvo, y el desorden que me rodeaba era mi reflejo. Hoy,
tomé la decisión de ordenar para ordenarme y así, abrazar al dolor desde otra
perspectiva.
No hay emoción
que no haya transitado, y no hay dolor que no me haya hecho más fuerte.
Descanso con la certeza de que algún día voy a despertar sin haberlo llorado el
día anterior.
Mientras tanto,
se acerca la noche y es uno mi deseo: que mañana me duela un poco menos de lo
que me duele hoy.
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