Tu desprecio

En medio de la cena, vi lágrimas caer por su rostro, con la timidez de un niño para expresar en palabras lo que ya su mirada confesaba.

Lo vi llorar a causa de tu desprecio, que aún a pesar de que ya es normal para nosotros, a él le continúa doliendo.

Nunca voy a perdonarte, porque verlo desmoronarse significa que la mismísima fortaleza puede romperse en mil pedazos.

Confieso haber llorado tanto como él por tu falta de cariño, pero más por no llegar a comprender la verdadera razón de tu constante y notorio desprecio.

¿Cómo una persona puede llegar a tener tanta maldad en un cuerpo tan pequeño?

Cenamos entre llantos desconsolados y abrazos en ronda. Parecía estar perfectamente organizada la charla como para que de a uno vayamos cayendo en la angustia.

Todo esto es por tu culpa. Nunca pusiste un freno a la envidia, ni tampoco te alejaste de todas esas personas que te ignoraron en los peores momentos.

Supongo que vos sos un poco parecida o la personificación general de todos ellos, incluso de él, que te llora como si ya hubieses muerto.

Creo que se está despidiendo de la ilusión de que algún día lo quieras. Pero llora, como un niño, esperando tu abrazo y una frase del tipo “todo va a estar bien”.

Probablemente el Universo quería que terminemos aislados del mundo para sacar toda la tristeza contenida del año entero, en esta noche.

Nos lloramos la vida y comimos mucho, un poco de recompensa teníamos que tener, ¿o no?

Yo personalmente, con la cabeza cansada como para sentarme a entenderte, me despido desde ahora y para siempre, aunque sigas estando en este mundo, con la entereza como para aceptar que no me querés, ni tampoco a él, y seguir viviendo.

 Por lo visto, vine a este planeta para ser querida por muchos y despreciada por otros, pero que se le va a hacer.

Brindamos, por nosotros y por vos, llegando a la conclusión de  que la incertidumbre nos va a acechar por siempre si no nos resignamos a buscar el motivo de tu ausencia.

Comimos helado, reimos por lo lindo de compartir y te deseamos que seas feliz, dentro de todo ese antro de infelicidad que vos misma optaste por vivir.

  Él te quiere, aunque te llore cada día, con un llanto desconsolado, con la mirada triste y desesperada de saber que hizo todo y no alcanzó. De que no es capaz de dejar de quererte.

Yo también lloro, por él, por su corazón roto, por todos los días que le quedan por llorarte en silencio y por reconocer que la niña dentro mío sigue llorando tu falta de querer y no voy a poder consolarla nunca.

Ortega Edelweis, Jazmín

Comentarios