Lo esperó sentada, en ese incómodo banco de plaza, más de lo que le gustaba esperar. Incluso, intentaba refugiarse en la paciencia que no tenía.
Contaba la cantidad de autos rojos que pasaban, y cuando ese juego le aburría, probaba con contar la cantidad de minutos que transcurrían de auto en auto.
De vez en cuando, se acomodaba el pelo, en esa desesperación por parecer natural, pero no tanto, y buscaba el rayito de sol perfecto para que su perfil se beneficie.
Ya era tarde, pero lo esperó. Tanto lo hizo, que de repente, las hojas de los árboles cayeron, y un otoño brusco, inundó el césped.
¿Cuándo realmente se puede decir que es tarde?
Ella no lo sabía, sin embargo, de lo único de lo que estaba segura, era que todo su orgullo , estaba durmiendo en su habitación, desde un rato antes de que huyó a esperarlo.
No quería que su orgullo despierte y le impida salir a buscarlo, una vez más.
¿Existe en verdad el tiempo cuando se quiere ciegamente?
Ya a su puerta le había instalado cientos de trabas distintas, la misma cantidad de veces que se volvió a su casa con la falsa certeza de esa noche realmente despedirse.
No pudo.
Ahi estaba nuevamente, sentada en ese incómodo banco de esa plaza inmunda, llena de ruidos molestos pero pensando.
Pensando en cual iba a ser su próxima excusa para esperarlo una vez más.
Contaba la cantidad de autos rojos que pasaban, y cuando ese juego le aburría, probaba con contar la cantidad de minutos que transcurrían de auto en auto.
De vez en cuando, se acomodaba el pelo, en esa desesperación por parecer natural, pero no tanto, y buscaba el rayito de sol perfecto para que su perfil se beneficie.
Ya era tarde, pero lo esperó. Tanto lo hizo, que de repente, las hojas de los árboles cayeron, y un otoño brusco, inundó el césped.
¿Cuándo realmente se puede decir que es tarde?
Ella no lo sabía, sin embargo, de lo único de lo que estaba segura, era que todo su orgullo , estaba durmiendo en su habitación, desde un rato antes de que huyó a esperarlo.
No quería que su orgullo despierte y le impida salir a buscarlo, una vez más.
¿Existe en verdad el tiempo cuando se quiere ciegamente?
Ya a su puerta le había instalado cientos de trabas distintas, la misma cantidad de veces que se volvió a su casa con la falsa certeza de esa noche realmente despedirse.
No pudo.
Ahi estaba nuevamente, sentada en ese incómodo banco de esa plaza inmunda, llena de ruidos molestos pero pensando.
Pensando en cual iba a ser su próxima excusa para esperarlo una vez más.
JAZMÍN ORTEGA EDELWEIS.
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